Sería indigno morir así

Foto: Pexels en Pixabay

Por: Byron O. Naranjo Gamboa
14/03/2022
Desde Ambato – Ecuador

Varios países, por decisión de sus gobernantes, han comenzado a quitar las restricciones que impusieron a sus gobernados a causa de la pandemia ocasionada por el covid-19, y han dispuesto el retorno a la normalidad.

No hay duda respecto al propósito de dicho anuncio. Se entiende que es una invitación (o disposición) a que la gente regrese a cumplir las actividades en sus lugares habituales de trabajo, que se abandone el sedentarismo doméstico, que se dinamice la economía de los pueblos mediante el consumo de bienes y servicios, que se retome el contacto social de forma presencial y no a través de pantallas de ordenadores o teléfonos celulares; en fin, que se vuelvan a hacer las cosas como se las hacían antes que aparezca el virus que de un frenazo lo cambió todo, en todo el mundo.

Gran parte de la sociedad ha aplaudido tal decisión y ha recibido con beneplácito la noticia, aunque hay algunos sectores que miran con recelo el anunciado retorno y se mantienen escépticos por lo que podría ocurrir posteriormente. No obstante, estas reacciones diversas, conviene pensar acerca de las connotaciones que alcanza el término normalidad. ¿Qué es la normalidad? o ¿Quién dice qué es lo normal? discusión a la que nos adentramos desde el enfoque de la cultura vial, apoyados en los aportes que a estas inquietudes lo han hecho librepensadores desde el campo filosófico y sociológico.

Cuando la expresión covid-19 (el Covid si se refiere al virus, o la Covid si se enfoca como enfermedad) no tenía espacio en nuestro léxico, ni efecto en nuestras vidas, lo normal (entendido como habitual) en las calles y avenidas era el desorden, el bullicio, la primacía de los autos sobre las personas y tantas otras manifestaciones de irrespeto entre semejantes. Una vez que el virus mostró su versátil letalidad, puso en evidencia la capacidad de respuesta de la ciencia médica y el atolondrado proceder de gobernantes que procuran figurar en lugar de buscar soluciones sensatas a los problemas que se presentan; el confinamiento fue la respuesta inmediata, medida que más que recluir a las personas en sus casas (no todos tienen casa) dispuso la prohibición de circulación por las calles, porque se las consideraba agentes de contagio.

Con aquel encierro, al que se le agregó el patrullaje de las fuerzas del orden que cumplían sus rondas -también exponiéndose al contagio- la sociedad se adaptó a vivir de otra manera, variación a la que los gobernantes la bautizaron como nueva normalidad. Las vías comenzaron a cambiar su aspecto; fue notoria la disminución de los decibeles en cuanto a ruido se refiere, la basura no asomaba porque quienes la generan estaban en otra parte, los insultos habituales entre quienes no se pueden poner de acuerdo se desvanecieron; y, la naturaleza, con su flora y su fauna como manifestaciones de su bondadosa resistencia, intentaba ponerse nuevamente en pie sobre el rígido cemento que la ha desplazado.

Esta reclusión obligatoria, posiblemente necesaria, abrigaba la esperanza de que el ser humano había entendido el daño que se está haciendo por llevar una vida muy alborotada, y el daño que le estaba causando a su entorno con ese comportamiento. Se mediatizaron testimonios de cambios muy profundos a favor de la vida y de las pequeñas cosas que antes de la pandemia pasaban desapercibidas; se presagiaba que cuando todo pase tendríamos un reencuentro más digno de los seres humanos, que el homo sapiens despertaría de su aletargada distracción en la que se sumergió por la desmedida ambición de lo material, es decir, tendríamos un cambio cualitativo favorable para la convivencia.

No pasaron de lo patético esas manifestaciones. El virus parecería que se queda entre nosotros, la pandemia no ha terminado, sin embargo, el hecho de regresar a las labores de manera presencial, bajo el cliché de “la normalidad” ha desatado situaciones de caos interminable. Cual abrir las puertas del chiquero para que la bestia empiece su embestida a quien tiene en frente, así está resultando este regreso. Pocas son las excepciones que siempre las hay y con las que nos alineamos, pero en la mayoría de casos los individuos regresaron a las calles y no disimulan el menosprecio que tienen por todo lo que está a su alrededor, no hay ni siquiera la intención de ceder el paso a los niños que quieren cruzar por la zona de seguridad para llegar a sus colegios, peor mostrar un gesto de amabilidad o respeto por el tiempo y espacio de los otros usuarios de la vía. ¿Eso es lo normal? ¿Eso es lo que estábamos esperando? ¿Eso es lo socialmente aceptado?

Así andamos y esperamos no morir así, sería más indigno que morir por causa de un virus.

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