Envueltos en sus confortables cabinas

zona escolar

Zona 30 (Foto: Guillermo Camacho Cabrera)

Envueltos en sus confortables cabinas, van con un pie en el acelerador y otro en el embrague, si hay caso, listo para pasar al pedal del freno. Para reaccionar en caso de emergencia, así la física diga lo contrario y sea demasiado tarde.

Son típicos. Imprudentes y temerarios. Pasan a más de 50 Km/h por las zonas de 30 km/h, asemejando a analfabetas que no saben leer la señalización. No les interesa nada más que su propio bienestar. Sin importar el otro, sin mirar al otro, sin compadecerse por el otro.

Su estilo de vida es similar. Sin empatías. Egoísta. Indiferente.

Sin gracia, su forma de ser también es déspota. Ahí sí hay coherencia. Déspotas en el trato, déspotas en la vía. Son un peligro andante para las relaciones humanas y para la vida. La suya propia y la de los demás.

Hay otros, sin embargo, conductores también, mucho más empáticos y dados a cuidar, a proteger. Son los que respetan las señales, las leen y las acatan. Crismáticos en su persona, acogen con su comportamiento al otro. Lo ven. Lo sienten. Lo determinan. Se comunican con él. A través de sus propios gestos. Con su actitud. Con su prudencia. Con su previsión.

Cruzarse en el camino con los unos o con los otros es parte de la cotidianidad. Lo prudente, lo deseable, lo mayoritariamente querible es que haya más de otros que de unos. Más conductores empáticos y menos conductores antipáticos.

Conductores que protejan en lugar de agredir. Que frenen en lugar de acelerar en zonas de 30 Km/h. Que cuiden en lugar de que descuiden. Que amen la vida en lugar de que sean indiferentes a ella. Que verdaderamente conduzcan en lugar de hacer caos en el tránsito.

¿Qué tipo de conductor construyes cada día? ¿En cuál te constituyes? Te prefiero prudente y vivo. Prudente y protector. Prudente y previsivo. Prudente y amable.

Que la cabina que te envuelve y te protege se prolongue hasta el espacio de otros para que sientan la misma seguridad a tu lado, como la que sientes en la certeza de tu auto. En las posibilidades de ser persona. En la realidad de hacerse día a día con el otro.

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