La importancia del peatón es histórica y también atiende a su vulnerabilidad

Espacios generosos y seguros para los peatones en la Av. Cra. 68 con Calle 53 en Bogotá (Foto: Guillermo Camacho Cabrera)

Por: Guillermo Camacho Cabrera

Practicar una cultura vial para la vida significa llenar de valores nuestros desplazamientos por ciudades, campos, carreteras, calles y vías.

Estos valores están representados en acciones como ceder el paso, respetar y acatar las señales de tránsito, ver al otro en la cotidianidad de la movilidad, cuidar las infraestructuras del sistema de transporte y, lo más importante, proteger la vida propia y la de los demás.

Hoy por hoy la persona más importante que se mueve por las vías es el peatón. Y paradójicamente es la menos visible. Porque en las vías tiene más peso el vehículo a motor por su fuerza, ruido, tamaño y capacidad.

Muchas veces la infraestructura está hecha pensando en los vehículos a motor. Grandes espacios para ellos y estrechos para los peatones. Las aceras son angostas y las vías anchas se extienden entre estas para dar paso a los carros y a las motocicletas.

En nuestras ciudades de América Latina, principalmente, pero también en la Europa desde los tiempos de la Colonia, las calles empedradas permitían el paso a los carruajes y a los caballeros sobre sus caballos. La envergadura y alzada de los caballos les hacía necesitar más espacio que los peatones para desplazarse. Su fuerza superaba la de una persona y su velocidad era mayor que la de quienes viajaban a pie.

Por ello inicialmente, las calles eran más anchas en su conformación que las aceras, cuando las había. Y asi fue por mucho tiempo hasta que llegó el vehículo a motor, requiriendo aún más espacio para sus desplazamientos.

Este era más veloz que el caballo y respondía a los comandos del conductor, quien debía usar su motricidad fina para operarlo. Una leve presión en un pedal significaba incrementos en la velocidad insospechados que en algunas ocasiones le hacían perder el control del vehículo.

Pero tal vez lo más importante de este proceso es que el peatón fue cada vez menos visible ante la fastuosidad, colorido, potencia y sonido de los vehículos a motor. Eran los reyes del camino. Tenían la capacidad de transportar una o varias personas a la vez en menor tiempo. Las distancias se hicieron más cortas y las vías más anchas para permitir el paso de varios vehículos a la vez.

En estos momentos ya no había nada que hacer. El reinado del carro determinó la conformación de la infraestructura vial en los Estados Unidos. Amplias carreteras, avenidas y calles. Aceras pequeñas para los peatones.

Y ese modelo lo importamos en América Latina cuando los diseñadores urbanos e ingenieros de vías fueron a estudiar a Estados Unidos y llegaron acá nuevamente a implantar el modelo vial de ese país. Tal vez sin pensar, sin tener en cuenta que nuestros pueblos son pedestres y aún se mantienen así en su mayoría.

Tradicionalmente vale la pena recordar a los Chaquis del Perú, que llevaban los correos a pie a lo largo del Imperio Inca. O a nuestros aborígenes del continente quienes no conocían el caballo. Sus medios de transporte eran la caminata (recordemos los caminos reales), y las balsas. En ellas recorrían los espacios lacustres y ribereños de nuestros territorios.

Una de las balsas más famosas fue la de Eldorado, cuya representación a escala se puede apreciar actualmente en el Museo del Oro de Bogotá.

La tradición pedestre o peatonal de nuestra tierra americana se vio invadida por el caballo español, inglés y portugúes; y también por la carabela, el velero y el barco que atravesaba los mares. Así, las riberas de los ríos conocieron otros tipos de transporte fluvial diferente a las balsas en América del Sur y al Kayac en América del Norte.

Con todo esto, América del Sur y América Central son dos subcontinentes en los cuales aún prevalecen los viajes a pie sobre otros modos como la bicicleta o los vehículos a motor.

En esta tradición radica la importancia del peatón, que es histórica.

Pero también en que es el más vulnerable frente a los otros modos de transporte. Un choque entre dos peatones que van corriendo, a lo sumo, deja en ellos algunas contusiones; pero entre un vehículo a motor y un peatón puede ser fatal o dejar mal herido a quien viaja a pie. Igual sucede si quien choca con el peatón es un conductor de bicicleta a alta velocidad.

La protección de los peatones en el sistema de movilidad es primordial. En el mundo, cada año mueren más peatones que otros usuarios de las vías.

Por ello, las ciudades deberían contar con más espacios para los peatones, más grandes, más visibles, más protectores de su integridad. Que les permitan a ellos disfrutar más de la movilidad.

Entre tanto esto va sucediendo, lo importante es cuidar a los peatones. Y a los ciclistas. Y a los motociclistas.

Para ello se requiere transitar a bajas velocidades (un contrasentido cultural en estos tiempos donde la información viaja a velocidades sencillamente impresionantes y donde el tiempo es un valor tan preciado para algunos como el oro).

También se requiere respetar las normas y señales de tránsito en su complejidad e integridad. Y tener conciencia del otro. De que compartimos los espacios con personas que viajan a pie que tienen igual o tal vez más derecho a transitar por unas vías que no están diseñadas para ellas. Donde tienen que enfrentarse a velocidades que tampoco están diseñadas para protegerlas.

Practicar la cultura vial para la vida significa llenar de valores y de sentido nuestros desplazamientos por ciudades, campos, carreteras, calles y vías. Valores representados en acciones como ceder el paso, respetar y acatar las señales de tránsito, ver al otro en la cotidianidad de la movilidad, cuidar las infraestructuras del sistema de transporte y, lo más importante, proteger la vida propia y la de los demás.

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