Alterar la lógica

Imagen de anncapictures en Pixabay

Por: Byron O. Naranjo Gamboa
21/06/2021
Desde Ambato – Ecuador

La educación vial, que es la generadora de insumos y prácticas para la gestación de la cultura vial, ha heredado las hechuras tradicionales con las que se transmiten los conocimientos en los procesos de educación formal. Pero esa manera de transmitir conocimientos no alcanza para lograr cambios significativos, porque siguen siendo acciones derivadas del paradigma estímulo – respuesta, que casi automatiza las reacciones como en el ejercicio desarrollado por Iván Petróvich Pávlov, que trató con perros a los que se les anunciaba el momento de la comida mediante un sonido.

Las semillas de los modelos pedagógicos creativos no alcanzaron a germinar ante la arremetida de la información que, por ser tan extensa, es difícil digerirla, procesarla o aplicarla por quienes se alimentan de ella que, en el mejor de los casos, solamente la organizan y la archivan para ver si en algún momento sirve para algo.

Poco, casi nada, ayuda a la convivencia el hecho de que un conductor disminuya la velocidad en determinada zona, so pena de ser sancionado por algún agente de control; sería más saludable si se tratara de un acto reflexivo y sensato el que le hace proceder de tal manera, porque sabe que está precautelando la vida de los demás y está aportando su contingente para mejorar las condiciones en las que se desenvuelve la sociedad.

El actuar de los agentes de control de tránsito será más fructífero cuando en su accionar prevalezca la prevención, de una manera cercana y amigable, en lugar de la sanción disociadora y la cacería de infractores para emitir citaciones a diestra y siniestra. La utilización de las calles por parte de peatones y comerciantes, de manera responsable y amistosa, sería lo deseable en lugar de competir por los espacios y alterar la tranquilidad ciudadana por cosas intrascendentes.

Las señales de tránsito, que se dice deben ser parte del acervo cultural de las personas, se toman en cuenta sólo cuando son reglamentarias o prohibitivas, porque aquellas que tienen el carácter de informativas y preventivas, corren la misma suerte que tiene la luz amarilla en el semáforo: se la irrespeta o se acelera para pasar sobre ella y ganar tiempo, y lo único que se gana es inseguridad y exposición al peligro, que muchas veces le presenta a la muerte cara a cara.

Con todo lo experimentado y los intentos fallidos por organizarnos como sociedad, no está por demás alterar la lógica que prevalece en nuestros espacios compartidos (que parece haber sido adoptada de los museos decimonónicos que, apoyados en la dinámica del “prohibido tocar” crearon la dualidad de vigiladores y vigilados), por una actitud participativa que incluya en el imaginario social la cultura de lo permitido. 

Diseñar una señalética que invite a brindar una sonrisa en lugar de andar malhumorados todo el tiempo; valorar la tranquilidad en vez de someterse a la asfixiante prisa que no permite llegar a ninguna parte; activar la paciencia en vez del claxon, el pito o los griteríos que aturden a todo el mundo; preferir los lugares seguros a cambio de exposiciones innecesarias que aumentan el estrés; privilegiar el diálogo para desvirtuar malos entendidos; son unos pocos ejemplos de cambios cualitativos que están a nuestro alcance para mejorar la convivencia, y para su implementación no demandan más presupuesto que la voluntad por querer cambiar.

Gracias a Byron Naranjo por su columna mensual de opinión en culturavial.net

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